¿Si se hubiera concretado el “sancocho nacional” que proponía Bateman, se habría evitado el Holocausto, el genocidio de la Unión Patriótica, los 25.000 desaparecidos y hasta los “falsos positivos”?
Al cabo de una entrevista que le hice a El Flaco Bateman para la revista Semana —donde hablaba de su muerte y de la cadena de afectos que lo protegía— me preguntó, con esa frescura que tenía: ¿Oiga, hermano, usted qué sabe de esa vaina de la amnistía? ¿Por qué? le respondí. Porque Turbay anda por ahí hablando de esa joda y nosotros no tenemos ni idea de eso. Yo tampoco sé, Flaco, pero le averiguo. Así fue. Investigué, y días después le solté el chorro. Había recogido material en libros y periódicos. Me propuse hacer una publicación (Revista Controversia, 1980) porque ya se debatía en público el tema. El día que salió de imprenta, justo, el M-19 se tomaba la embajada de la República Dominicana en Bogotá. Era el 27 de febrero de 1980.
El M-19 había salido maltrecho del robo de armas al Cantón Norte un año antes. Pero afamado. Nuestro pueblo se fascina con la picardía, con la mamadera de gallo, con la astucia. Habérsele metido al Ejército Nacional, literalmente, al rancho, con el argumento de que el general Camacho Leyva había dicho que los colombianos debían armarse —y el Eme simplemente le obedeció–, lo llenó de prestigio. Costó mucho dolor y sangre. El gobierno dictó el Estatuto de Seguridad y encarceló en un par de semanas a más de 300 militantes, colaboradores o muchachos y muchachas que transitaban por la calle. El golpe ridiculizó a los militares y, dada su reacción violenta contra la gente, los Derechos Humanos se pusieron en primer plano. La toma de la embajada fue el contragolpe del Eme al oprobioso Estatuto de Seguridad.
De hecho, la organización insurgente tenía en la cárcel a casi todo su alto mando. Pero Bateman andaba suelto. Con Lucho Otero —su compañero de muchas luchas— Otty Patiño, y La Negra Vivas planearon el operativo, sin mucho detalle, y escogieron para comandarlo a Rosemberg Pabón, un militante que se había destacado por sus acciones en Antioquia, aunque era del Valle. El entrenamiento del comando fue superficial; tanto así que la noche anterior todavía estaban aprendiendo a armar y desarmar las pistolas Browning con que la mayoría iría armada. Alguna vez —y sólo algunos— hicieron polígono en los cerros orientales de la capital. Era una organización más imaginativa y audaz que disciplinada.
A mediodía, cuando ya todos los importantes personajes habían sido saludados por el embajador en la entrada de la residencia, Rosemberg Pabón —acompañado de su “señora esposa” y otra pareja, todos de punta en blanco— hizo su aparición. Disparó un tiro al aire, ordenó a los invitados tirarse al piso, mientras el resto del comando, en sudadera y tenis, forzaba la puerta y entraba al recinto donde permanecería 61 días. Había tenido que actuar como un rayo: debían ganar la entrada desde la cafetería Belalcázar antes que los escoltas reaccionaran. Y reaccionaron. La Negra Vásquez —Emilia en el combate— recuerda que las balas le “susurraban” al oído antes de romper los vidrios. Una de esas balas mató a Carlos Arturo Sandoval, el más sardino de los asaltantes y el único muerto del operativo; otra hirió a sedal a Renata —Gloria Amanda Rincón—, que se inmolaría en el Caquetá desasegurando su granada de mano para no ser torturada por el Ejercito.
Operación Democracia
El país se enteró del ataque por el reportero judicial de Caracol, Guillermo Franco, y las Fuerzas Militares por el casual hecho de ocupar los predios de la Universidad Nacional —frente a la embajada— unos meses antes. Cuando los cuerpos de seguridad del Estado llegaron, ya los guerrilleros —10 hombres y 4 mujeres— habían tomado posiciones y habían controlado a todo el personal que se encontraba en la embajada. La primera declaración de Rosemberg fue —lo recuerdo—: “Soy el Comandante Uno y fusilaré uno a uno a todos los rehenes si nos atacan. Esta es la operación Democracia y Libertad y el comando se denomina Marcos Zambrano, el compañero que el gobierno mató hace unos días”. ¿Cuántos son ustedes?, preguntó el reportero. Entre 5 y 100, respondió el Comandante.
Naturalmente, el gobierno, fuera de sitio, tardó en reaccionar. Se esperaba un asalto brutal en cualquier momento, sobre todo en las horas de la madrugada de esa larga noche. No sucedió. Pero podía ser la siguiente, o la siguiente. Podrían descender por lazos desde helicópteros, o meterse por las alcantarillas, o simplemente bombardear. Los militares podían haber hecho, en esos días, lo que hicieron cinco años después en el Palacio de Justicia. La diferencia fue que los rehenes en la embajada eran diplomáticos extranjeros y no altos magistrados; Turbay era coronel honorario del Ejército y Betancur había destituido al ministro de Guerra, general Landazábal.
El tiempo pasaba. Amagaban los ataques. Los guerrilleros dormían poco. Desde edificios y casas los militares disparaban para mantener en tensión a los asaltantes, que por su parte, con ingenuidad, les respondían con tiros de pistola. Rosemberg se había arriesgado a decir —sin ser cierto— que en los muros de carga de la embajada habían colocado explosivos, y que el M-19, que “ni se rinde ni se entrega”, estaba decidido a morir como Ricaurte, o como Sansón. Le creyeron el cañazo. El clima internacional facilitaba esa prudencia: la embajada de EE.UU. en Irán estaba también tomada por Discípulos del Imán, y Carter no se atrevía a tomarla a sangre y fuego.
La embajadora de Costa Rica y los de México, Brasil y Venezuela jugaron un papel destacadísimo en el control de la situación emocional dentro de la sede diplomática. Al comienzo, la histeria recorrió salones y habitaciones. Los meseros se estrellaban contra los invitados y los invitados contra los asaltantes. Las arañas de cristal temblaban. Nadie, digamos, tenía puesto fijo. Con el pasar de las horas, y de los días, todos eran un solo grupo de seres humanos tratando de salvar sus vidas. Había comportamientos particulares. El embajador gringo, señor Diego Asencio, seguía siendo el poder. O la presa más valiosa. Él lo sabía. Todo comentario era escuchado por el diplomático con la ceja derecha levantada. El suizo era callado, retraído, y casi ausente; el Nuncio de Su Santidad era huraño, seco, impenetrable. No tuvo un solo gesto cristiano. En contraste, el israelita logró negociar la entrada de un rabino que ofició una ceremonia que llegó al fondo del alma de todo el mundo. El uruguayo era un cobarde, trataba de enredar a los asaltantes con fantasías de su cosecha para obtener ciertas licencias que terminaron por facilitarle la huida.










